EXTRACTO. DE CIRO KOROL

LA PINCELADA DEL FINAL

Y cuando al final llegó el final, Edmundo lo esperó en su cama. Impasible. A cuatro metros de altura sobre una casa que ya no existe. Su mirada cristalina latía en silencio, como una gota de agua en una minúscula tela de araña. Eran las últimas pinceladas de un generoso bohemio. El hígado le pasaba la cuenta de todas aquellas rondas invitadas en el Bar El Globo; de todas las copitas ingenuas que las Hermanas de la Iglesia de los Ángeles le habían dado a cambio de unos retoques en los pómulos de la virgen, y en los adornos de los santos también.

Marta, Maruca, Egle, y el médico, observaban al moribundo. En su respeto cristiano se mezclaba una pizca de reproche maternal hacia el hermano tarambana que tantos quebraderos de cabeza les había hecho pasar.
Cuando salieron del cuarto, el doctor Borghi manifestó su admiración.

–Es increíble, –dijo– nunca he visto una cosa así, cualquier otro con el hígado en esas condiciones estaría sufriendo un dolor indescriptible.
Egle tragó saliva mientras cubría sus brazos con las mangas del suéter. Marta le sirvió un té al doctor, y Maruca preguntó si era momento de llamar al cura.

Desde la Iglesia de los Ángeles a la casa de Catamarca y Entre Ríos se puede llegar por muchos caminos, pero ninguno requiere pasar por delante del Club Policial, donde aquella noche se celebraba una gran fiesta comandada por la Big Band de Barrio Flynn. En la puerta del Club, un grupo de jóvenes fumaban y comentaban emocionados el match que Ñewell’s había ganado esa tarde. En la vereda de enfrente estacionaba un taxi y descendía una mujer rubia envuelta en un tapado de piel de armiño.
Los jóvenes se codean, el taxi arranca, su ruido se desparrama por calle Entre Ríos hasta que se disuelve pasando la esquina de Catamarca donde Edmundo agoniza, a cuatro metros de altura.

Miro el celular, faltan cinco minutos para que llegue mi padre. Quedamos en encontrarnos justo acá, donde estuvo la casa de su familia. Desde hace décadas que hay una playa de estacionamiento en esta esquina. Ocupa un enorme cubo de aire, y me da una sensación de ausencia aún más grande.

En este mismo lugar, en el número 288 de la calle Entre Ríos, una puerta de fierro y de vidrio , y detrás escalones por número 34, y al subir un pasillo exterior que conduce al lavadero, y otro que pasa por cada una de las habitaciones de la familia Etchegaray. Y ahí están tupidos los árboles del silencio entrecubriendo la escena. Adentro de la historia de la habitación hay un niño que oye de afuera. Un niño que imagina como es agonizar mientras por la otra oreja le toca escuchar las nueces que quiebren los catalanes que viven abajo.
Levanto la vista. Y veo la casa de los altos. Sobre los relucientes de las pick-ups de principios de siglo ventiuno, se alza elcielorraso catalán y sobre el la pinotea y ahí se apoya la cama. En un lugar ubicado a cuatro metros de altura situó la cama simple de Edmundo. La veo con sus viejas patas de madera manchadas en los apoyos, y las cobijas cayendo a los lados de la cama. Imagino que Edmundo está sobre el colchón pero no alcanzo a verlo. Por la forma en que caen las mantas se diría que no hay nadie sobre la cama. Pero entonces recuerdo lo flaco que era el pintor de mi familia. Maruca siempre decía que comía frugal , y para beber no tanto.
Alrededor de la cama comienza a crecer su cuarto. Como una gota esparciénndose en la frazada, cuyo centro exacto es el corazón de Edmmundo latiendo sus últimos compases. La pared curva de la ochava con las blancas persianas cerradas. El temblor de las velas acaso es un claroscuros de Rembrandt. O mejor no, mejor un velador de cable de tela, y botón como pezón de plástico, con una mampara suave.
El piso de pinotea astillado. Vistas por un gato estas maderas forman un conjunto de líneas paralelas que arriban a un único punto de fuga: el tablero de dibujo. Latente como un escenario vacío cuando los objetos de la escenografía permanecen inertes, esa típica quietud de las cosas que despiden a su dueño.
El portaplumas sobresale apenas por el borde del tablero, y el plumín descansa en el tintero, donde hay un cráter de tinta reseca.
Sobre la repisa algunos frascos de Pelikan con las etiquetas manchadas. Al lado, un soldadito de plomo apuntando con su bayoneta hacía el otro borde del tablero. En ese blanco hay papeles agazapados en torno a un autorretrato. Sobre planos de arquitectura y esbozos, resalta un dibujo de tres cuarto perfil hecho con líneas rápidas. Su último trabajo. Hacer el último boceto en este borrador.
Edmundo mira hacía la izquierda.. La calvicie avanza desde su frente hasta la coronilla, en el costado ondula una franja de pelos peinados hacía atrás, dos líneas en la frente, el mentón bajo, la carne de la garganta envejecida. Sin embargo, su nariz no, su nariz resulta casi infantil a pesar de los grandes orificios. Es acaso la nariz de un soltero. ¿o de un tanguero que sintió el peso del tango sobre la moral de su sexo?
Un bigote espeso le cubre el labio superior. Su mirada inspira la misma compasión que la de un perro, y constituye el núcleo del retrato. Una huella debajo del párpado y una línea sobre la oreja hacen pensar que se sacó los lentes un momento antes de dibujarse.
Pero ahora, nadie en su cuarto presta atención a ese rostro de Edmundo sino al otro, al real, al que está tumbado en la cama.
Sus anteojos colocados en la mesa de luz sobre un libro de Güiraldes parecen tener el mismo peso que un monumento. El polvo ya empezó a acumularse sobre las lentes. Edmundo Etchegaray ya no leerá otro libro.
El día anterior, sus hermanas habían cerrado las persianas del extinto balcón, suplantado el velador eléctrico por un humilde candelabro, un Picasso de la época azul por una imagen de la virgen de Lourdes, que se veía lúgubre y mortal, al lado del rostro sonriente de Carlos Gardel, y la formación a todo color de las glorias del Ñewell’s Old Boys de 1967.

Edmundo Etchegaray emitía un ligero tarareo. Cuando el cura tomó el taburete y se sentó a su lado para darle la extremaunción, ya era la segunda vez que él murmuraba: «oigo la música… veo las luces…».
Edmundo exhalaba una melodía. Lo haría de a ratos hasta su última expiración. Era una música que Maruca calificó de tierna y angelical. Y en la que su hermano Juan Carlos creyó reconocer una tonada, una que guitarreaban con los peones al atardecer en el campo.
El cura franciscano al enterarse que a pesar de tener el hígado en Yugoslavia, no daba señales de dolor, concluyó que Edmundo era un santo, y lo que oía era la música de los ángeles.
Marta, por supuesto, elucubró otra hipótesis. “Son los ecos de la fiesta en el Club Policial”. Lo cierto es que el resonar del trombón y la batería de la Big Band de barrio Flynn, nada tenía que envidiarle a las orquestas del cielo. Egle, mientras tanto,tragaba saliva con un dolor anestesiado y no podía evitar morderse la lengua al pensar en tanta discusión mantenida con su hermano por el tema, por Perón, por la Santísima Causa y por la putísima madre que los remilparió a todos. Y al recordarlo completo, sonreía también, porque un vínculo sin chispas es un asado en microondas.

El cura sacó a todos de sus abstraccion, y les confió que asistían a las últimas horas de un hombre bueno. Sin duda, Estaba estaba en el zaguán del cielo, pronto se abrirían ante él las puertas del Paraíso, y los Angeles de verdad, eso que cuenta la señorita catequesis lo recibirían con un abrazo de alas a ala distancia y la fragancia del azahar lo bañaría, su ablución cítrica, para despabilarse de la resaca de la vida.
Acaso el moribundo desmentiría al sacerdote y a este narrador, tal vez lo que está oyendo el pronto muerto no es la música de unos ángeles distintos.
No las trompetas diáfanas centinelas de San Pedro, sino la voz del ruiseñor de Buenos Aires, Don Angelito Vargas, acompañado por la orquesta típica de Angel D’agostino; “Los dos Ángeles del Tango”, resonando otra vez en la milonga, trayendo las imágenes de suburbio y juventud… ladelgada callecita de Rosario, nocturnos vendedores ambulantes y un farol con luz roja en la vereda de enfrente sobre esa puerta roja. Las puertas rojas siempre me traen suerte, piensa Edmundo y no lo duda. Paso a paso entre en La Maison.
Lo primero que le atrae es la confusión del ambiente, el barullo, las cosas como si un sueño se pudiera compartir con el guión de la música. Él, con su estatura de gimnasta sueco aturdido por su sensibilida, se mueve vacilante entre viejos parroquianos que son como enormes barcos siempre a punto de chocar. Ahora Edmundo ubica una mesa en el rincón.

Se sienta. Llega el vino. Prende un pucho. Hace un garabato en la servilleta cuando de repente: “Damas y caballeros, locales y forasteros, con ustedes esta noche y hasta la eternidad: “Los Dos Ángeles del Tango”.
Edmundo Etchegaray recibe esos cinco bandoneones desplegándose. Su escucha se amplía con la música que prepara la pista para que el piano de D’Agostino camine, y la voz de Ángel Vargas aterrice mientras las parejas ya giran en el centro.
Todos los otros bailarines son anónimos, salvo ella. Cuando su órbita pasa ante él queda enganchado, en los abrojos de esas medias de red llenas de ojos, esas piernas pulidas lustran el suelo sin astillas, y entre ellas elegante y volatil va él que se mueve como un gato negro y Edmundo no puede evitar imaginarse entre sus brazos también, y todo eso lo enturbia y aunque saber no es tan dificil, poder hacer del saber un dicho y hecho, es una cosa que requiere trecho, y ese andamio esta hecho de la histooria de la humanidad y aveces los albañiles se traban pero no porque no tengan la capacidad sino porque en ese piso del tiempo aun escasean las herramientas que les permitirán liberarse, deconstruirse y hacer de su culo un pito, si hacerlo les da placer. Ahora en cambio edmundo se sirve otra copa. Y escuchá la última canción.
La voz trémula de Angelito Vargas estira la añoranza del último verso, mientras D’Agostino vuelve a casa con sus dedos, y antes de cerrar la puerta, lo espera a sus amigos. Se miran medio instante. Y:
¡Chan- Chán!

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Ciro Korol

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