EXTRACTO. DE IRENE YÚFERA

Gelsomina nos mira: La Strada, de Federico Fellini – Tiempo de Cine

Hablo Fragmento: La strada


⎯ Mamá, ¿un día de estos, podemos ver La strada?

Yo escribía en la cama con el portátil sobre las piernas cuando Pablo entró a darme las buenas noches y me preguntó si podíamos ver La strada. La habían tratado en su asignatura optativa de historia del cine y había reconocido el nombre de Zampanò.

⎯Es una película muy triste, Pablo.
⎯Pero a ti te gusta, ¿no? La tienes en la estantería. Y es la peli de tu Zampanò…

Quedamos en verla una noche del fin de semana siguiente después de cenar. Hacía años que no la veía, pero sí, me gustaba mucho La strada. Recordaba el principio, la playa, la llamada insistente a Gelsomina que la arranca de su ensoñación. También recordaba el final, desolador. Y la mirada de Zampanò, su birrioso carromato y sus actuaciones de forzudo escapista. No era mi Zampanò, como pensaba Pablo, sino mi Gelsomina, el jazmín de perfume blanco, el personaje chaplinesco. Gelsomina, que iba a ser comprada y maltratada, en la carretera iba a descubrirse alguna habilidad e iba a hacer algún aprendizaje para luego verse desposeída de eso y de más, de todo. Me apetecía mucho ver La strada con Pablo, comentarla con él, saber qué le emocionaba, en qué escenas sonreía, qué le hacía enfadar, qué le parecían esos personajes desamparados, Zampanò y Gelsomina, y también el Loco. Pero mientras cenábamos el plan se vino abajo. Fue cuando le oí decir a Pablo:

⎯Ástrid, ahora después de cenar vamos a ver La strada. Si te apetece… O igual ya la has visto…
⎯No, no la he visto; no soy muy de Fellini…
Pues si no eres muy de Fellini, ¿por qué no te buscas otro plan y me dejas ver la película tranquilamente con mi hijo?, pensé, aunque no lo dije.
⎯Pues vale, me apunto.

Rogué a San Houdini y a San Zampanò que hicieran que alguien me llamara para salir a tomar una copa. Me tragué las ganas de irme de casa junto con el resto de la cena.
Ástrid salió de su habitación a la hora en que habíamos quedado con una tableta de chocolate negro con jengibre. Pensé que era el sabor adecuado para La strada. Tampoco lo dije.
Nos sentamos a verla los tres, Pablo entre nosotras dos. Yo al principio no podía relajarme: me daba rabia que Pablo hubiera invitado a Ástrid y además me gustaba tanto esa película que me daba miedo que Pablo o especialmente Ástrid encontraran a Giulietta Masina demasiado exagerada, a Gelsomina demasiado boba o a Zampanò demasiado bruto. Que no entendieran la desesperación final de Zampanò. Que no se emocionaran con la música de Nino Rota. Que no quedaran prendados de la sonrisa del Loco. Luego la película me fue ganando y hasta comí un trozo de chocolate, sin acordarme de que era de Ástrid.
Les gustó. Ástrid empezó a comentar: Zampanò es un maltratador, un depredador sexual… La interrumpí:

⎯La perspectiva de género es válida para ver La Strada porque muestra cómo una situación durísima lo es aún más para las mujeres, pero Zampanò no es “el malo de la película”. ¡A Gelsomina la vende su madre!
⎯Ya. Todos son perdedores…
⎯Sí, y tal vez es más interesante pensar en las dos posturas que encarnan los personajes frente a la desgracia y la privación: Zampanò protege lo único que tiene, su fuerza, su capacidad de atemorizar, de imponer su voluntad; en cambio, Gelsomina y el Loco hacen valer su gracia, su capacidad de jugar y de soñar, su esperanza de que hasta lo más pequeño tiene valor.
⎯Es verdad, tienes razón, dijo Ástrid. Me gustó que lo dijera delante de Pablo.

Comentó que la escena que más le había gustado era la del encuentro de Gelsomina con el Loco bajo la carpa del circo; a Pablo, la de la actuación en la boda, cuando los niños llevan a Gelsomina a la habitación del niño enfermo; a mí, el momento en que Zampanò le pone los sombreros a Gelsomina y ella se convierte por unos instantes en payasa.
También hablamos de la escena de la procesión, con las caras y las miradas dirigidas hacia lo alto, hacia las imágenes religiosas, y cómo esa escena daba paso, en una sutil transición, a la del número del funambulista, el Loco, durante el cual todo el pueblo continúa mirando hacia el cielo, desde donde quizá podría alcanzarles lo maravilloso, la magia, el milagro. Allí donde está el arte o de donde viene el arte. De ese lugar de riesgo y de frágil equilibrio.
Seguimos comentando durante un buen rato. A Pablo se le veía contento de poder aportar lo que habían trabajado en clase. Yo les acabé confesando mis miedos del principio, cómo me costaba encajar que alguien no valorara algo que a mí me gustaba tanto. Ástrid le dio las gracias a Pablo por haberla invitado a ver la película y se fue a su habitación. Él se despidió un poco después diciéndome que lo había pasado muy bien viendo la peli y charlando.

⎯Podemos repetirlo otras veces, dijo. Y me dio un beso de buenas noches.
⎯¡Claro! Cuando quieras.

Me costó dormirme y me puse a escribir. Me resultaba gracioso haberme comido un trozo del chocolate de Ástrid y no haberle dado ni las gracias, y pensaba que así tenía que ser. No quería dormir: llena de una vitalidad que hacía tiempo que no sentía, me daba cuenta de que para Pablo incluir a Ástrid no era excluirme a mí. Esa lógica de la exclusión no era de ellos, sino mía, y podía abandonarla y librarme de ella. Acabé pensando en Zampanò y en cómo interpretaba una y otra vez, en cada lugar en el que se detenía, su número estrella: romper una gruesa cadena de hierro con la potencia de sus músculos pectorales, liberarse de la cadena con la fuerza de su respiración. Representaba una y mil veces el momento de una liberación que no iba a poder ser. Me interesaba entender por qué siempre me habían atraído los escapistas: Zampanò, Houdini… El momento de escapar y su adrenalina me fascinaban, pero yo no los había vivido. ¡Incluso Gelsomina emprendía su huida! Y Houdini… Cadenas, esposas, cuerdas, grilletes, camisas de fuerza, cajas, baúles, sacos, jaulas, ataúdes, acuarios, tanques de agua, bidones de cerveza, cajas fuertes tiradas al mar, habitaciones cerradas… Se llegó a decir de él que había conseguido escapar de un monstruo marino, una ballena o un calamar gigante, como un moderno Jonás. Escapar. Sentirse vivo.
Uno de los números más exitosos de Houdini era el de la metamorfosis: él se metía en un saco que se cerraba y luego en un baúl. El baúl se cerraba con candados y sobre él se sentaba la ayudante de Houdini. Todo se tapaba con una cortina y cuando al poco esta volvía a abrirse el mago aparecía sentado sobre el baúl y dentro de él, en el saco, estaba la ayudante. Escapar era cambiar. ¿Escapa Dafne al ser convertida en laurel?
Zampanò no lograba romper ninguna de sus cadenas. Las ataduras más bien se reforzaban cada vez que él salía exitoso de su número circense. Atrapado en su brutalidad, buscaba el escape engañoso de la bebida, pero no podía tolerar que nadie le gastara una broma. Zampanò se encadenaba cada vez que se liberaba.
Yo escribía para liberarme, para escapar; sin embargo, dudaba de estarlo logrando. Al escribir podía estar reforzando mis cadenas. Pensé: desmembrarse puede ser un modo de escapar. Me pareció que sí. No se trataba de prepararme para recomponerme tras una pérdida irreparable, como temía al principio de aquel tiempo difícil. ¡Dejar atrás la antigua piel, la coraza, y salir corriendo a probar la vida sin ella! ¡Eso era lo que yo le pedía a la escritura que me ayudara a alcanzar! Después de la muda, las serpientes recuperan el apetito, la visión y el color que la vieja piel amortiguaba. Las exuvias tienen una belleza fantasmagórica; lo que dejara atrás, el despojo, no tenía por qué ser un miembro ni tampoco una inmundicia. Fuera lo que fuera, cada vez faltaba menos para que quedara en el fondo del cajón.

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Irene Yúfera

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