LA NIÑA SARA

Lolita Bosch.

[Del libro: Dioses inmutables, amores, piedras. Océano México, 2016. – Adelanto publicado en EL MALPENSANTE, Colombia, en diciembre de 2016]

Edición 199 | Revista El Malpensante

En el pueblo en el que veranea hay un búnker enterrado debajo de la plaza de la iglesia y el suelo de su primera escuela era de color azul. Estos son dos datos que la Niña Sara nunca cuenta porque le parecen detalles sin importancia. Aunque más adelante entenderá que cobran sentido si se contextualizan, involuntariamente, dentro de una historia.

Ahora.

Y, sin embargo, ahora la Niña Sara hace cosas. No las piensa. Y va a la escuela en un autobús al que acaba de subir tras despedirse de su madre frente a la portería de su casa. Ha puesto un pie en el escalón de hierro, ha escuchado Niña Sara, se ha detenido, ha mirado hacia atrás, ha cogido el bocadillo envuelto en papel de aluminio que le ha acercado su madre y ha sonreído al decir:

―Gracias, mamá.

Luego ha subido a este vehículo amarillo, contornos redondeados, chofer amable y asientos forrados en terciopelo color marrón.

O café, o brown, que son sinónimos que aprenderá mucho más tarde.

Ahora la Niña Sara se sienta en un asiento en la parte trasera del autobús, junto a Hermana: las dos con la misma bata de cuadritos blancos y fondo rosa. Hermano no. Hermano viste una bata azul y se ha sentado más adelante, con Su Mejor Amigo. Juntos han convencido al resto de alumnos de su clase de que griten EH OH detrás de cada uno de los nombres que dicen en voz alta los maestros cuando pasan lista. De modo que el aula de Hermano, que está pegada a la de la Niña Sara, empieza cada mañana con un grito que parece militar, festivo y entusiasta. Todo a la vez. Hasta que hoy, como cada día, como si fuera un ritual incómodo con el que empezar la jornada escolar, el director de la escuela entra en el aula, pide a los alumnos que dejen de gritar con entusiasmo y mira con saña a Hermano y a Su Mejor Amigo, porque sospecha que han sido ellos los instigadores de este grito de guerra. De resistencia, de valentía. Casi de sublevación. Pero el director no puede demostrar sus sospechas y se limita a mirarlos con ojo cuadrado, retador, alerta. Luego, abandona el aula con pisadas de hierro, Hermano se ríe, Su Mejor Amigo se ríe.

Y la Niña Sara en su clase se ríe también. Porque imagina la escena de júbilo y tensión al escuchar los gritos de los compañeros de Hermano y las carcajadas contenidas cuando entra el director y todos se sienten obligados a callar súbitamente. E imagina también al director caminando con pisadas de hierro hasta el centro de la clase, ordenando silencio, mirando con sospecha a Hermano y a Su Mejor Amigo y saliendo resignado del aula. Sabe que mañana volverá a suceder lo mismo. Y la Niña Sara lo sabe también. Después escucha con atención a su maestra, que le enseña cosas como geografía, cálculo o historia moderna mientras la Niña Sara espera que sea la hora del patio para pelearse con Eulalia. Aunque no entiende la razón de ese enojo, porque Eulalia, en verdad, no le cae mal. Su agresiva relación es casi una costumbre. Pero hoy todavía es temprano y además, como si fuera un día especial, los alumnos de primero, segundo, tercer y cuarto grado van a hacer un concurso. La Niña Sara sólo recordará un trozo de esta escena que ahora está a punto de suceder. Y lo recordará un día de verano mientras busca el búnker que sabe que está enterrado en algún lugar de su pueblo, cerca de la iglesia. Entonces se detendrá unos segundos y recordará, con precisión, este momento en el que, sentada de espaldas a la pizarra en una mesa con patas de metal y rodeada de un grupo de compañeros (batas rosas, batas azules), trata de resolver sin calculadora una complicada suma de muchas cifras. Sin papel, sin lápiz. De memoria. Y luego recordará haber ganado y que la hagan pasar al frente y multiplicar, delante del resto de la clase, una difícil operación matemática que contiene el número seis. Eso es todo. Aunque ese día, cuando regrese a su casa sin haber encontrado el búnker y quiera contarlo a su familia, alguien le dirá: Aunque seguro sí recuerdas lo que sucedió con la bolsa de limones, ¿verdad? Y ella dirá que no porque le gusta escucharlo. Aunque también porque es cierto: no lo recuerda. Y no obstante lo ha escuchado tantas veces que es como si ya le hubiera vuelto a ocurrir. Lo construye y de nuevo está en aquel recuerdo que los demás tienen y que hace que ella cada vez que lo escucha reviva la emocionante sensación de que está a punto, a punto, de recuperarlo.

―Cuando eras pequeña –dice Tío.

―Muy pequeña –puntualiza Abuela.

―Eso: una vez, cuando tenías apenas tres años –dice Tío– te trajeron una bolsa con tres limones.

―No es así ―se ríe Abuela-. Es al revés.

Y de nuevo comienzan a explicar esta historia:

En una ocasión la Niña Sara estaba en el jardín de Abuela y alguien le dio una bolsa con muchos limones. No como un regalo. Sino tal vez para que la llevara a la cocina, para que la sujetara un momento mientras quien se la había dado hacía algo como abrocharse los cordones, o para que ayudara a alguien que iba muy cargado. Nadie se acuerda de eso. Dicen que no es lo importante. Que de lo que sí se acuerdan todos, y lo que ya casi casi recuerda también la Niña Sara, es que no devolvió la bolsa de limones. Sino que se sentó en el pasto, desparramó los limones enfrente de ella y los observó durante un largo rato. Sólo sabía contar hasta tres: porque esos eran los años que tenía.

―Ah claro ―exclama Tío―. Tenía tres años, no tres limones.

Y Abuela se ríe, Tío se ríe y la Niña Sara se ríe también.

―¿Qué pasó entonces? –pregunta la Niña Sara.

―Que aprendiste a multiplicar –responde Tío.

―¿Cómo? –pregunta la Niña Sara.

―Haciendo montones de tres limones y luego montones de montones de tres limones y de nuevo más montones de más montones de tres limones.

―¿Y? –pregunta la Niña Sara divertida con esa historia que reconstruye con emoción siempre que se la cuentan. Con premura.

Lo sabe, pero quiere volver a escucharlo.

―Que apareciste a la hora de comer y dijiste: hay tres montones de tres montones de tres limones.

―O sea 27 limones –dice la Niña Sara.

―Sí –sonríe Tío―, pero tú antes no sabías contar tanto.

Y llega el otoño, la Niña Sara vuelve a la escuela, gana el concurso de cálculo y sale a multiplicar una operación matemática que contiene el número seis enfrente de todos sus compañeros de primero, segundo, tercer y cuarto grado. En el aula de al lado Hermano y Su Mejor Amigo ya están callados. El director hace un rato que se ha ido. Y la Niña Sara cuenta mentalmente. Veintiocho mil ciento treinta y seis, dice. O un número así. Y sus compañeros miran con expectación a la profesora, que asiente. Y luego le dan un ramo de flores y una medalla con una cinta que es una bandera de su país y la Niña Sara se siente abrumada porque todos la felicitan:

―Has ganado el concurso de cálculo de la escuela –le dicen.

―Muy bien.

Y ella mira el reloj y ve que apenas son las diez y media. Y piensa: falta una hora para que sea la hora de patio y pueda salir a pelearme con Eulalia.

Luego, en su recuerdo, sucede de inmediato otra cosa.

En clase de redacción, la maestra le pide a la Niña Sara que escriba algo sobre su familia. Y ella todavía no sabe esta historia, pero si la supiera contaría que Primo le ha llamado Cerdo a Abuelo. Y Abuelo se ha sentido ofendido y se lo ha hecho saber a Primo de este modo: no ha protestado, no lo ha reñido y no le ha dicho que esto está mal ni tampoco le ha dicho ninguna otra cosa. Abuelo no ha dicho nada de nada. Sino que se ha callado y desde entonces, cada vez que mira a Primo, lo mira con indiferencia. Casi como si no estuvieran ahí ninguno de los dos. Y eso le hace pensar a Primo que los demás son extraños y que es muy fácil sentirse mal. Sobre todo porque todos los miembros de la familia que no son Abuelo sí le han preguntado a Primo cómo se le ocurre. Y le han explicado una y otra vez que esto no se hace. Que no está bien llamarle Cerdo a Abuelo. No sólo porque Abuelo sea un hombre mayor y merezca respeto, sino porque es parte de la familia. Y años después, cuando la Niña Sara ya no esté en clase de redacción y ya haya salido al patio para pelearse con Eulalia, Primo le contará aquella escena que ahora le hubiera gustado saber para poder escribirla:

―Cuando era pequeño una vez me enfadé con Abuelo y lo llamé Cerdo. Y luego Abuelo no me habló ni me dijo nada durante unos días. Los demás sí, pero él simplemente me ignoró. Y entonces llegaron los reyes magos y yo me asomé a un balcón cuando pasaba la cabalgata justo por debajo y tiré muchas cartas, no una sola. Y en todas pedía un único deseo: “Que Abuelo me perdone”.

―¿Y qué ocurrió? –preguntará la Niña Sara.

―Tuve suerte –le dirá Primo–. Porque al día siguiente hicimos una comida con toda la familia y Abuelo me sonrió cuando llegué: “Felices reyes, muchacho”, me dijo tras despeinarme un poco la cabeza.

―Yo no me acuerdo de verte preocupado en ningunos reyes –suspirará un poquito triste la Niña Sara.

―Claro, porque no se lo dije a nadie –le explicará Primo.

―Ya –dirá la niña Sara.

Y luego se acordará de una cosa:

―A mí me molestaba mucho cuando Abuelo me despeinaba.

―A mí también. Pero aquel día no me molestó. Aunque sí me puse muy nervioso y corrí al vestidor que estaba junto a la puerta principal y me escondí para decir, en voz baja:

―Gracias.

―¡Y se acabó la discusión! –celebrará la Niña Sara, como si todo tuviera un final exacto, imitando la voz de Abuelo.

―Sí.

―¿Y entonces qué hiciste?

―Luego fui a ver si los reyes me habían traído otros regalos.

―¿Y?

―Y también sí.

Pero ahora la Niña Sara todavía no sabe esta historia. Así que cuando la maestra de redacción le pide que escriba algo sobre su familia, escribirá que a veces, los sábados en la tarde, la Niña Sara va con Hermano y Hermana a la farmacia y compran unas pastillas de regaliz que vienen en unas cajas rojas. Recuerda especialmente un sábado de otoño en un pueblo del norte cercano a la costa: ella llevaba un suéter azul. Y después de la merienda alguien propuso:

―¿Vamos a la farmacia?

Y aquel es el día que cuenta en su redacción. Pero advierte, además, que esto es algo que ha sucedido muchas veces: que la Niña Sara vaya con Hermano y Hermana a la farmacia del pueblo del norte donde veranean y compre unas pastillas de regaliz que se venden en unas cajas de plástico rojo.

―Cada quien, su caja.

Y luego la Niña Sara le propuso a Hermana que empezaran comiéndose las de ella para que una de las dos cajas se mantuviera fresca, sellada. Y Hermana, que era pequeña, aceptó. Pero cuando se terminaron la primera caja, la Niña Sara no compartió sus pastillas de regaliz con Hermana. Y Hermano tampoco porque dijo que él no quería participar en estos juegos. Y así es, escribe la Niña Sara en su redacción: sólo era un juego. Pero Hermana usará aquellos sábados por la tarde, durante toda su vida, para explicar los hechos injustos. Y dirá:

―Es como lo de las pastillas de regaliz.

Y la Niña Sara siempre se sentirá un poco culpable de haberle hecho aquella jugarreta a su Hermana. Aunque la anécdota, aparentemente, no tenga tanta importancia, siempre le sabrá mal haber robado tantas pastillas de regaliz y siempre tratará de compensar a su hermana por aquella injusticia repetida. Y en la escuela escribe la redacción contando todo esto, se siente un poco mal de haber escrito algo así de ruin pero a la vez está contenta porque no ha sido fácil y cree que ha aprendido a hablar un poco de ella misma y de su familia. Y luego se levanta de su mesa, le da la redacción a la profesora y la profesora la felicita por la medalla con la bandera que lleva colgada del cuello:

―¡Has ganado el concurso de cálculo!

Y la Niña Sara dice:

―Sí.

Aunque quiere gritar: EH OH.

―Muy bien.

Y luego vuelve a su mesa, se sienta, guarda la medalla en el cajón del pupitre enrollada en la bandera que sirve de cadena para colgarse el premio alrededor el cuello y se prepara para salir al patio a pelearse con Eulalia.

A las once y media, al fin, suena una campana que parece el timbre de una casa antigua. Aunque la escuela a la que va la Niña Sara es un lugar moderno y luminoso de grandes persianas subidas y suelo azul antideslizante y escaleras con barandillas naranjas y un gran anfiteatro detrás del patio, cerca de donde vive un perro que vigila la escuela de noche y al que todos los niños le dan las sobras de sus comidas cuando no les gusta lo que les sirven a la hora del almuerzo. Así que entre el anfiteatro y la escuela, diría la Niña Sara si hiciera otra redacción, no vive un perro cualquiera, sino un perro gordo que come todo lo que no se comen los niños. Pero ahora la Niña Sara no piensa en el perro gordo ni en cómo escribiría sobre él, ni tampoco trata de encontrar a Hermano para compartir la emoción que le produjeron, de nuevo, sus gritos de guerra, ni va a visitar a Hermana en el jardín de infancia de los más pequeños para que vea alguna cara conocida y se sienta segura. Lo lamenta, especialmente tras haber escrito la anécdota de las pastillas de regaliz, pero hoy no. Hoy la Niña Sara está preparándose para salir al patio a pelearse con Eulalia. Y cuando suena el timbre, se levanta inquieta del pupitre sin pensar en la medalla que ha dejado en el cajón y trata de correr hacia la puerta. Pero la maestra de redacción dice con voz cansina, mientras recoge los trabajos que le faltan:

―Niños, no corráis.

Y todos los alumnos de tercer grado se frenan un poco, como si la profesora de redacción sujetara el extremo de una alfombra que estuviesen pisando y la hubiera jalado un poquito hacia ella. Como un aviso. Y entonces la Niña Sara y el resto de sus compañeros contienen la ilusión que sienten y caminan con pasos más pequeños. Como saltamontes. Pero al fin abren la puerta y vuelan. Vuelan más alto de la escuela de persianas inmensas y del suelo azul antideslizante. Más allá del perro gordo y el anfiteatro y los concursos de cálculo y hasta de los autobuses de contornos redondeados con asientos de color marrón = brown, café. Y finalmente aterrizan todos con sus patas diminutas junto a unos colgadores metálicos con muchos ganchos que tienen un nombre escrito encima de cada uno de ellos. Y la Niña Sara busca el que dice Gancho de la Niña Sara, cuelga su bata de cuadrados rosas y blancos con su nombre bordado en rojo junto al costado izquierdo, coge de su bolsa de desayuno el bocadillo que le ha dado su madre segundos antes de que se cerrara la puerta del autobús y sale por la puerta trasera.

La que da al anfiteatro, donde vive el perro gordo.

Pero no lo hace porque no le gusta el bocadillo y quiero dárselo a él ni porque quiera recordar el día del concurso de poesía que se celebró en el anfiteatro y que a ella le gustó tanto. Sino porque ésa es la manera más rápida de ir al patio a pelearse con Eulalia: por aquí sólo hay que bajar las escaleras de granito de dos en dos, rodear la escuela y salir al patio por su extremo izquierdo hasta llegar cerca de un montículo desde el que se ve las pendientes asfaltadas con aceras como las de las calles de la ciudad en las que se sientan a conversar las niñas. Lejos de los campos de futbol y de basquet y los columpios de los más pequeños. Y desde ahí, como si fuera una bandera, la Niña Sara, que debajo de la bata rosa y blanca llevaba un vestido rojo combate, sube con sus zapatos sin medias hasta la cima del pequeño montículo y busca a su enemiga.

Otea.

Repasa meticulosamente las pendientes que terminan en una verja desde la que se ve la calle y busca. Y piensa que quisiera tener el olfato los perros. Aunque luego se lamenta un momento pensando que tal vez el perro del anfiteatro esté tan gordo que ha perdido algunas habilidades que le deberían ser propias pero inmediatamente lo olvida. No puede distraerse.

Y de nuevo: otea.

Eulalia todavía no ha llegado. De modo que la Niña Sara rasga el papel de aluminio con el que su madre ha envuelto el bocadillo, le da un mordisco y espera sin dejar de prestar atención. Masticando con rabia como si se estuviera comiendo el cuerpo de sus prisioneros de guerra. Alerta como un soldado viendo con detalle la pradera o como una bandera marítima que advirtiera: Peligro. Hoy en esta playa no es conveniente bañarse. Y luego le da otro mordisco a su bocadillo, que es de atún y pan con tomate: su favorito. Aunque ahora ella imagina que el tomate tiene el color de la sangre. Y que ella es una de esas adelitas que les ha contado el profesor de historia que pelearon en la Revolución Mexicana y que siempre estaban listas para la lucha. Cuerpo a cuerpo. Hasta la victoria siempre. Y entonces oye un ruido de algo inmenso que se rompe y mira hacia arriba, como si el cielo pudiera ser de papel y alguien lo hubiese rasgado. Pero de inmediato escucha un soplido de búfalo, mira su vestido bandera de guerra y deja caer el bocadillo de atún al suelo: Eulalia ha llegado de improvisto y le ha roto el vestido morado jalándolo con fuerza del cuello hasta los pies tras haber alcanzado, con sigilo de auténtico enemigo, la cumbre del diminuto montículo desde el que la Niña Sara oteaba las pendientes de asfalto y la acera en las que se sientan las niñas a conversar, mirando la verja desde la que se ven la calle y detrás, cruzando la avenida, el castillo color de crema de los militares.

―¡Eulaliaaaa! –alcanzará a gritar la Niña Sara sujetándose la parte delantera del vestido que ha quedado totalmente abierta hasta la cintura.

Pero entonces llegará la señorita Nona y preocupada por lo que cree que está viendo preguntará, alborotada:

―¿Eulalia, estás bien?

Y la Niña Sara no entenderá nada. Y atónita escuchará la respuesta de su enemiga:

―Sí, señorita Nona. He tropezado y por suerte la Niña Sara ha evitado que cayera del montículo. Aunque le he roto el vestido cuando he tratado de cogerme de algo para no caer… ―dirá Eulalia como si estuviera a punto de echarse a llorar.

―¡Bah! –dirá la señorita Nona– El vestido es lo de menos. No te preocupes por eso que ya lo arreglaremos. Lo importante es que estés bien.

Y luego mirará a la Niña Sara y le dirá:

―Muy bien. Eres muy valiente, Niña Sara. Ven conmigo–. Y comenzará a andar de vuelta hacia el edificio de la escuela y la Niña Sara irá tras ella tratando de sujetarse el vestido por la apertura de la espalda y escuchará que algunos niños se están riendo. Y cuando gire un momento la cabeza para ver quiénes están y quiénes no, verá a Eulalia que se ríe con ellos. Y verá a lo lejos el castillo de color crema de los militares. Y verá que Marc la está mirando también. Lo que hará que refunfuñe algo que la señorita Nona no habrá escuchado.

Porque ella ahora está preocupada por otras cosas.

Y no sabe que Marc es el niño que va a la clase de al lado. No a la de su hermano que amanece con un estruendoso EH OH cada mañana, sino a la que queda a mano izquierda. Donde está el grupo B de tercer grado. Y tampoco sabe que muchas mañanas, antes de salir de casa y de esperar a que su madre se despida de ella junto al autobús, la Niña Sara piensa si la ropa que ha elegido para ese día le gustará a Marc. Ni que en una ocasión incluso quiso hacerse un peinado distinto y se dejó unos rulos de Mamá durante toda la noche y amaneció como si fuera una lechuga francesa. Pero que no hubo tiempo de lavarse el pelo porque era invierno y hubiera tardado demasiado rato en secárselo, así que Mamá le dijo a la Niña Sara:

―Si querías el pelo rizado, ya lo tienes rizado. Y ahora a clase.

Y la Niña Sara comenzó a caminar hacia el autobús con su peinado de lechuga francesa sin levantar la vista del suelo. Pero entonces Mamá gritó su nombre porque de nuevo había olvidado el bocadillo y ella levantó la cabeza y escuchó muchísimas carcajadas que salían del autobús. Como si la puerta fuera la boca de un ogro. Y al cabo de unos minutos, cuando llegó a la escuela, escuchó que otros niños se reían también. Casi todos, menos Marc: que se acercó a la Niña Sara cuando estaba sentada junto al montículo en el que hoy Eulalia le ha roto el vestido y le dijo, acomodándose a su lado:

―Estás diferente. Y eso está muy bien.

Y la Niña Sara pensó que Marc era el mejor niño del mundo y que cuando fuera mayor quería irse de viaje con él. Y hasta le pareció escuchar las ruedas de un trineo deslizándose amorosamente por la nieve cuando después del patio ella y Marc regresaron a clase caminando el uno al lado del otro. Como si todo fuera muy fácil.

Aunque hoy la Niña Sara no había elegido la ropa pensando si le gustaría a Marc. Hoy se había puesto el vestido morado porque es del color de la sangre. Y hoy, aquí, era la guerra. Pero la guerra ha acabado en la sala de maestros, cuando la señorita Nona le ha pedido a una de las ayudantes de la escuela que buscara el gancho en el que dice Niña Sara y trajera la bata de color rosa con cuadraditos que lleva su nombre bordado en rojo en el costado izquierdo.

Y luego le pedirá a la Niña Sara que se saque Este Vestido Roto y que deje que ella se lo cosa. Y mientras lo cose, fijando la vista, la señorita Nona le contará a la ayudante de la escuela lo valiente que ha sido la Niña Sara tratando de evitar que Eulalia se cayera y sin preocuparse, Ni Por Un Momento, de sí misma. Y entonces la Niña Sara sabe que pronto todos contarán esta historia así y se pone triste un rato. Y luego, cuando la señorita Nona ya casi ha terminado de coser, entrará la cocinera con torpeza, apurada, y le dará un sonoro beso en la mejilla a la Niña Sara y le dirá:

―Me han contado lo ocurrido. Gracias por haber ayudado a Eulalia.

―De nada –alcanzará a decir la Niña Sara.

―Hoy en la comida te toca postre doble –dirá la cocinera guiñándole un ojo.

Y la niña Sara no sabrá qué decir. Le cae bien la cocinera y siempre le produce ternura porque cree que es una mujer muy buena.

Lástima que además sea la mamá de Eulalia.

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