La guerra me ha educado o pensar literariamente es entender

No nos cabe tanta muerte

Paula Laverde. Artista plástica mexicana.

Yo soy, de corazón, novelista. La literatura me ha enseñado a entender a los demás, me ha enseñado a entender el mundo y me ha enseñado a entenderme a mí misma. Porque pensar literariamente es entender. Es un instinto que tenemos todas y todos nosotros y que utilizamos siempre; aunque no nos estamos dando cuenta. Decir quiénes somos es nuestra principal manera de salvarnos. Si ahora alguien me pusiera una pistola en la sien y me dijera: “Lolita dame todo lo que traes”, yo le pediría: “llévate todo lo que traigo, pero no me hagas daño, porque yo soy mamá”. Porque esta es nuestra primera manera de salvarnos: decir quiénes somos. Usamos recursos literarios de manera muy natural. Si ahora tuviéramos que decirle a una familia que ha muerto la mamá, sabríamos decírselo a una niña de ocho años y utilizaríamos un tono diferente para decírselo al marido. Utilizaríamos maneras distintas de explicar las cosas. Y esto es porque hay un instinto literario que tenemos absolutamente todas y todos. Quizás las escritoras, los escritores lo tenemos más desarrollado porque lo utilizamos para trabajar, pero los lectores y las lectoras también lo tienen y las analfabetas y los analfabetos también.

Es un instinto de supervivencia natural.

Cuando les pregunto a mis estudiantes de literatura por qué quieren hacer una novela suelen responder que tienen algo importante que decir, que han vivido una experiencia muy traumática (normalmente la gente escribe más sobre el dolor que sobre la alegría), que conviven con el peso de un recuerdo que necesitan que los demás sepan… que hay algo importante que necesitan decirnos. No es verdad, en realidad tienen algo importante que decirse. Porque escribir es hacer un esfuerzo para entendernos de manera humilde, respetuosa y utilizando la ignorancia como motor esencial. Decir “esto, yo, no lo entiendo”. Más aún, pasar del “por qué he sufrido esto” al “qué es esto que he sufrido”.

La buena noticia es que podemos perfeccionar este instinto.

Este instinto que usamos de manera natural podemos convertirlo en una herramienta. Y podemos convertirlo en una herramienta porque todas y todos necesitamos decir quiénes somos en algún momento de nuestras vidas. No solo cuando escribimos un libro o si vivimos en un entorno de guerra, sino en nuestro día a día. Hay una frase catalana muy útil que es “jo vull dir la meva” (que significa algo así como “yo necesito decir lo mío”). Y todas necesitamos que los demás nos entiendan, porque sentimos que de otro modo no vamos a poder con esto. Por eso es útil la literatura, porque la literatura es un movimiento que quiere entender a la persona a la que le pasan las cosas. Y la literatura ha hecho que todas nosotras y todos nosotros queramos a gente que de otra manera no querríamos: al protagonista asesino de Crimen y castigo y Emma Bovary que le es infiel a su marido. No le hace; aunque hayamos sido víctimas de la infidelidad, no podemos evitar querer a Emma Bovary. Y esto es así porque la hemos mirado de tan cerca y de una manera tan lenta, con tanta atención, que la queremos, nos importa, nos conmueve y genera empatía. Porque mirar literariamente al otro es una manera de generar empatía.

Y yo lo sé no sólo porque escribo, sino porque me lo ha enseñado una guerra.

En el año 2006, Felipe Calderón, presidente de México, le declaró públicamente la guerra al narcotráfico. Una situación histórica que se dilata en el tiempo y que desde el exterior es un conflicto armado casi desconocido. En contadas ocasiones encontramos a quien nos habla de las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez pero también a quien conoce algo del conflicto y supone que en México tenemos un gobierno que nos está protegiendo de los ataques del narcotráfico. Esto no es así. En México no hay un gobierno que nos esté protegiendo contra el narcotráfico, en México hay narcotráfico. Y el narcotráfico es una red brutal del mercado negro que está peleando en nuestras calles. Hay políticos involucrados, gente del gobierno involucrada, gente armada1 involucrada más allá de los criminales y, sobretodo, una red financiera muy, muy grande, que es la auténtica dueña del negocio. Una red que solapa y blanquea dinero, aunque no nos demos cuenta, gracias a la ayuda de todos y todas nosotras. Porque cada uno de nosotras, de alguna manera y en algún momento, por más que nos cueste pensarlo, hemos colaborado con la guerra de México y con la mayoría de los conflictos armados del mundo. No queremos, pero hemos colaborado. Y esto, que deberíamos tener derecho a saber, yo lo entendí cuando vi que podíamos aprender a escribir y repensarnos en comunidad y me di cuenta de qué tan grande era esta comunidad.

Me explico. Cuando sucede algo de manera individual y lo pensamos literariamente, utilizando este instinto que tenemos para entendernos y para hacer que los demás nos entiendan y nos quieran; cuando tratamos de decir quiénes somos y cómo nos sentimos para que los demás nos ayuden a protegernos, o para que ayuden a las víctimas de una violencia que no nos atañe de manera directa (piensen, por ejemplo, en las cientos de miles de personas que se hacen cargo de causas que son las suyas propias); en ocasiones no recordamos que estas capacidades naturales que tenemos para salvarnos también las tenemos para salvar a nuestra comunidad. Y que cuando sucede una tragedia, como los atentados del 11M en Madrid, los del 17A en Cambrils o en Barcelona, el asesinato de adolescentes en un concierto en París, la masacre de cientos de personas que defienden una ideología de izquierdas en América Latina, las etnias que se persiguen en toda Asia o las dictaduras africanas, por ejemplo, nos unimos. Y que unidos, unidas, nos entendemos. Es cierto: unidos e unidas nos entendemos porque nos necesitamos. Es una frase que repiten a menudo las víctimas de México: “No nos conocemos, pero nos necesitamos”.

Y es verdad: nos necesitamos.

Porque juntas, juntos, hacemos de manera colectiva el mismo recorrido que hacemos individualmente al escribir: pasar del “por qué estamos viviendo una guerra” al “qué significa vivir una guerra”. Y para responder a “qué significa vivir una guerra” es necesario un tiempo para procesar, entender, sacudirnos de encima la tristeza, la rabia y el coraje. Pero se puede entender. Nosotros y nosotras, en México, lamentablemente, hemos aprendido mucho de esta guerra. Y digo lamentablemente porque preferiríamos no saber. Pero lo sabemos y decidimos hacer algo. Muchas y muchos de nosotros. Yo, por ejemplo, con decenas de amigas y amigos, cree una comunidad que se llama Nuestra Aparente Rendición2. Ya llevábamos cuatro años de guerra en México cuando hubo una (otra) masacre; a la que espero que nunca nos acostumbremos porque confío que todas y todos nosotros tenemos un fondo de bondad que hace que la masacre siempre nos duela, la violencia siempre nos duela, la injusticia nos duela y queramos estar del lado de la justicia. Quiero pensar que este es un posicionamiento natural como el de los lectores. Yo siempre digo en mis clases que las lectoras y los lectores tienen dos motivos para seguir leyendo: porque quieren saber cómo acaba una historia y porque quieren que a los personajes las cosas les vayan bien. Y nosotras y nosotros, en comunidad, también: siempre queremos cómo acaba algo y saber que acaba bien. Esto lo entendí cuando nació Nuestra Aparente Rendición tras una más de las demasiadas masacres que estábamos viendo, un momento muy doloroso al que yo reaccioné después de estar cuatro años preguntando “por qué en México”, “por qué a nosotros”, “por qué no salimos en las noticias”, “por qué no estamos en la primera página de todos los periódicos del mundo”. Finalmente una de esas muchas masacres espantosas3 me hicieron reaccionar al dolor, la rabia y la indignación que suponían ser testigos de tantísima crueldad, y mandé un correo a 300 personas que tenían acceso a la voz pública en México preguntando cuántos éramos y qué podíamos hacer.

Yo siempre he pensado que tener acceso a la voz pública es un privilegio y, por lo tanto, una responsabilidad. Así que cuando mandé un correo cuyo título era Nuestra Aparente Rendición para preguntarles a esas 300 personas “cuántos somos y qué podemos hacer”, era porque creía que teníamos que hacer algo. Ya habíamos entendido que el gobierno no lo iba a hacer por nosotras y ya habíamos entendido que la comunidad internacional no lo iba a hacer por nosotros. Y ahora estábamos entendiendo que teníamos que hacer algo. ¿Pero qué? ¿Cómo detener la barbarie y el horror?

Debo confesar que cuando mandé aquel correo, desesperado, lo hice con la esperanza de recibir soluciones, de que alguien supiera decirme cómo sobrevivir a este dolor, cómo soportar la tragedia, qué podíamos hacer para ayudar a las madres que están buscando a sus hijos y sus hijas desaparecidas, cómo podíamos dar recursos a las víctimas que abrían fosas comunes… Pero todo esto, obviamente, no ocurrió. La respuesta fue peor, catastrófica, pero de algún modo reconfortante: porque nos ayudó a mucha gente a darnos cuenta de que todas nosotras y todos nosotros nos estábamos preguntando lo mismo.

¿Cómo se vive una guerra? ¿De qué modo debemos reaccionar? ¿Qué podemos hacer? En la guerra de México, a día de hoy4, llevamos más de 60.000 personas asesinadas, 30.000 personas desaparecidas, un cuarto de millón de personas desplazadas porque vivir en sus casas ya no es seguro y han tenido que abandonarlas y hemos abierto más de 400 fosas comunes. Y estos número son lo más a la baja posible para que nadie pueda negar estos datos mínimos y espantosos. Y lo digo en plural porque la gente que en México trabajamos por la paz somos una comunidad. Y nos convertimos en una comunidad, inicialmente, en Nuestra Aparente Rendición: cuando mandé aquel correo preguntando “cuántos somos y qué podemos hacer” y como respuesta recibí nuevas preguntas y nuevos temores. Una mamá que me pedía si podía ayudar a difundir la desaparición de su hijo porque necesitaba que le hiciera caso la policía; una niña que me preguntaba cómo decirle a su hermano menor que no encontraba a su madre, que la estaba buscando, que estaba desaparecida; una esposa que quería dejar una flor sobre la fosa común a la que lanzaron el cuerpo pobre de su esposo… Y entre tantas preguntas, una que me pareció especialmente espantosa: ¿cómo les cuento a mis hijos cómo es una guerra?

Es una pregunta que yo me hago a menudo: ¿cómo le cuento a mi hija lo que es vivir una guerra? Porque vivir una guerra es terrible. Mucho más allá de lo que yo les pueda contar. Y para esta pregunta, sigo sin tener respuesta. Pero hacérmela (hacérnosla) me ha permitido entender, desde la literatura, que solos, solas, no lo podíamos hacer. Y cree Nuestra Aparente Rendición como el germen de una comunidad, para que desde muchas disciplinas, desde muchas clases sociales, muchas edades y muchas geografías distintas tratásemos de generar un relato común. Después de haber asumido que sí, que estábamos habitando un país en guerra y que ya nos habíamos sacudido de encima el estupor, entendí que era el momento de empezar a crear un relato que hiciera esta guerra más o menos comprensible.

Y hoy, afortunada pero desgraciadamente, aquel relato no ha terminado.

Gracias a aquella comunidad, y con el tiempo, fue que me di cuenta que las personas que mejor sabían usar el instinto literario eran las víctimas porque son las personas que tienen más necesidad de ser entendidas en todo el mundo, y también las que tienen más derecho. Son las personas que se merecen que escuchemos y escuchemos hasta entenderlas. Y eran casi las únicas que estaban actuando en consecuencia de lo que ocurría: las víctimas usaban de manera natural, como un instinto, lo que tenían. Todo lo que tenían. Y yo me di cuenta de que, observándolas, podía aprender muchas cosas. Porque al mismo lugar al que yo trato de llegar cuando quiero contarme qué está pasando, ellas llegan antes, siempre antes. Y las víctimas más desfavorecidas llegan incluso antes que otras porque necesitan más ayuda. Es una manera de salvarse que utilizan, probablemente sin saberlo de manera consciente, porque han asumido que vivir no es entender. Que por el hecho de haber vivido algo, no significa que lo hayamos entendido. Y mucho menos que seamos capaces de explicarlo.

Cuando hablo de la guerra de México suelo contar que una amiga mía que está buscando a su hijo, encontró a su presunto asesino5 y lo fue a visitar a la prisión para preguntarle si su hijo estaba muerto y dónde podía encontrar sus restos para enterrarlo. Pero el presunto asesino no le dio ningún dato que pudiera inculparlo y mi amiga salió después de haberlo visitado y me dijo: “Lolita, lo que menos puedo entender es qué es lo que no entienden ustedes. ¿No han estudiado tanto, no tienen tanta cultura, no tienen acceso a tanta información? ¿Para qué les sirve si no pueden ayudarnos en nada?”. Y retengo clavada en el corazón a una mamá de Ciudad Juárez devastada sobre el féretro de su hija y preguntando estupefacta a una cámara que retransmitía un canal de televisión nacional: “¿Qué carajos no entienden? Es una palabra de ocho letras: J-U-S-T-I-C-I-A. ¿Qué carajos es lo que no entienden?”. La mamá no podía creer que nosotras no supiéramos qué era la justicia y yo de repente entendí que tampoco podía creer que con tantos estudios y tanto acceso a la cultura no pudiéramos hacer nada para ayudarla. El de estas dos mamás, y el de muchas otras personas, me parece un conocimiento esencial y precioso que debemos salvar y transmitir. Su dolor nos puede y nos debe servir. No solo para entenderlas mejor a ellas (que es una obligación social), sino para entendernos mejor a nosotras y nosotros mismos, y para entender mejor las sociedades que creamos, aparentemente, sin darnos cuenta de hacía donde las estamos llevando. Sin ni siquiera saber que son sociedades que limpian el dinero de los conflictos armados y que nos hacen a todas, a todos, cómplices de la injusticia.

Pero como ocurre en muchos otros lugares del mundo, en México trabajar a favor de la paz es trabajar en contra del gobierno. De modo que yo también me acabé convirtiendo en víctima de la guerra contra la que estaba trabajando. Recibí amenazas sistemáticas, me persiguieron, padecí un acoso que fue in crescendo y finalmente me dijeron “Lolita, no puedes regresar”. Y cuando alguien así te dice “Lolita, no puedes regresar”, significa “Lolita, no puedes regresar”. Así que no regresé. Hace dos años que no puedo entrar en México y a menudo temo que no podré volver a México en toda mi vida. Es algo íntimo y doloroso que me cuesta mucho de decir delante de tanta gente (sobre todo porque esto lo están viendo en streaming víctimas de México). Pero no creo que pueda regresar a México en mi vida ni creo que mi hija pueda conocer México. Y aun así, mi límite fue exactamente este: ustedes me pueden correr de México, pero yo voy a seguir trabajando por la paz. En primer lugar, porque lo considero mi obligación. En segundo lugar, porque a pesar del miedo, a pesar del pánico que pasé cuando me persiguieron y cuando me amenazaron y cuando viví todo aquel periodo infernal, lo que me enseñaron las víctimas es a tener dignidad y yo siempre he creído que esta guerra en dignidad la tenemos que ganar nosotras, nosotros. Y en tercer lugar porque hay un límite en lo que podemos permitir que esta gente nos haga. De modo que, estando fuera de México, lo que yo pensé que podía hacer era ayudar a perfeccionar este instinto literario que había descubierto en las víctimas y convertirlo en una herramienta para construir paz. Ahora que sabía que entender a los demás era el primer paso para crear un mundo más justo.

Cuando nosotras escribimos, siempre, aunque lo hayamos entendido, aunque tengamos la sensación de saber algo, revisamos nuestros textos como si no hubiéramos entendido nada. Miramos al otro como si fuera un completo desconocido. Y logramos que ese otro nos importe de una manera especial. Porque sabemos que todas y cada uno de nosotros somos extraordinarios, únicos e importantes. Y esto no es una frase, bonita y vacía, sino una certeza. Cuando nosotros nos miramos a nosotros mismos sabemos que somos únicos y extraordinarios y bastante incomprensibles. Y eso es algo similar a lo que ocurre con las víctimas. Cada caso es excepcional para la familia que lo padece y se ve obligada a contarlo una y otra vez como si necesitara irlo hilando para entenderlo.

Y eso fue lo que me propuse hacer: salvar lo que las víctimas me habían enseñado: a usar el instinto literario. Y lo hice creando un método de autoaprendizaje6 que estudiantes de muchos lugares del mundo están siguiendo online y que es, además, un recorrido con en el que se capacitan para ser, de la mejor manera posible, quienes ya son. No solo para escribir una novela, que también, sino para ser quienes son de una manera mejor. Y muchos de estos alumnos y alumnas me han dicho que este método de autoaprendizaje no solo les ha servido para escribir, sino para entender muchas cosas que no sabían que ya estaban usando. Son mis alumnas y alumnos quienes me han enseñado a mirar el mundo con más calma, con más respeto por el otro, con menos barreras racistas, de género, machismo, xenofobia, prejuicios… Me han enseñado a mirar al otro como si el otro siempre fuera importante. Que lo es.

Cualquier lectora o lector del mundo lo sabe: el otro es importante.

Y con mi investigación literariahe querido no sólo construir este artilugio literario de autoaprendizaje que es el campus online sino hacerlo para que puedan usarlo las víctimas: el campus de paz. Creando una nueva comunidad de paz a nivel global para que lo que las víctimas de México nos enseñaron a las personas que hemos estado trabajando a su lado pueda acelerar un proceso al que acabarán llegando igualmente: en el momento en que dejan de preguntarse “por qué” y se pregunten “qué significa esto”. Sólo entonces podrán (podremos) darse a entender y pedir justicia y reparación. Y este tránsito es el que gracias a la observación minuciosa de cientos de estudiantes de literatura estamos ayudando a acelerar desde esta nueva comunidad global cuyos proyectos literario y de paz están en el Campus Lolita7. Queremos que este tránsito insoportable y doloroso de asumir, entender y reaccionar que necesitan, quieran o no, hacer todas las víctimas, se pueda hacer de la forma más precisa y rápida posible. Porque lo que las víctimas necesitan no es detenerse a construir sus tragedias sino que se haga justicia.

A título personal, finalmente, yo quiero salvar y honrar lo que las víctimas de México me han enseñado. Porque nunca en la vida he sentido tanta gratitud por tanta generosidad. Nunca en la vida nadie me ha dado tanto. Y nunca en la vida nadie ha sido tan valiente para demostrarme su debilidad. Escuchar a las víctimas no solo es nuestra obligación, sino que puede educarnos para mirar pacíficamente el mundo: íntima y colectivamente. No solo como sociedad, sino también de manera individual: porque es importante que cuando queramos trabajar en la construcción de la paz, tratemos de hacerlo desde el lugar más claro, sano y tranquilo posible. Viendo, y siempre sabiendo, que hay gente que tiene mucha más necesidad que nosotros de que se acaben la violencia extrema, la pobreza y la exclusión social.

Yo les pido, por favor y antes de terminar, que lean todo lo que puedan, escriban todo lo que puedan y no se olviden de México. Gracias.

Ted Talk. Tarragona, 2018.

1 (militares, marinos, policías, federales)

2nuestraaparenterendicion.com

3El asesinato de 72 migrantes en Tamaulipas. Agosto de 2010.

4Otoño 2018

5 El hijo de Araceli Rodríguez, Luis Ángel, desapareció en noviembre de 2009 durante un viaje desde la ciudad de México hasta Ciudad Hidalgo, Michoacán. Viajaba con seis compañeros en una camioneta que conducía su amigo Sergio, civil. Los ocho desaparecieron el 16 de noviembre y desde entonces Araceli ha estado buscando a su hijo y tratando de limpiar su nombre. Se ha sumado a movimientos de víctimas, como tantos otros familiares se ha convertido en una suerte de detective y ha acompañado a otras personas que están atravesando su misma situación. Pudo entrevistarse con los supuestos victimarios de su hijo, sus seis compañeros y el amigo que los llevó a Michoacán. Se llaman Luis Ángel León Rodríguez, Pedro Alberto Vásquez Hernández, Juan Carlos Ruiz Valencia, Jaime Humberto Ugalde Villeda, Víctor Hugo Gómez Lorenzo, Israel Ramón Usla, Bernardo Israel López Sánchez y Sergio Santoyo García.

6 campus.lolitabosch.com

7El Campus Lolita es el que reúne toda la investigación sobre la aplicación literaria en el trabajo de paz.

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